Maritza profesora de derecho civil en la Universidad, a veces ve con cierta melancolía que su profesión ejercida por décadas le restó tiempo con su familia. Ahora, sus hijos son adultos y su esposo ya no se interesa por ir de vacaciones. Entonces, un día revisó en su agenda y consiguió una nota importante.

En la nota adquirió un poco de alegría por todas las cosas que ha logrado a lo largo de su carrera. La misma era una especie de listado que había hecho con el objeto de ir eliminando puntos en la medida que iba alcanzándolos. Se trataba de aspectos positivos que ella iba cumpliendo día a día como abogado y que de alguna manera transmitía en sus clases.

El primer punto de su lista decía: debo tener conocimientos profundos sobre mi profesión y agregaba que cuando estoy en ejercicio del derecho no puede haber algo más importante que mi carrera. Cuando leyó esto comprendió lo complejo de su situación.

El segundo aspecto que había anotado, fue debo lograr atesorar una amplia experiencia y extenso currículo para que mis clientes tengan cada día más confianza al momento de contratarme. Eso explicaba cómo siempre tenía clientes nuevos.

En tercer lugar había escrito que tengo que asumir igual interés por todos los casos que se me contratan, para dar un buen servicio y tener éxito. Si no estoy interesada en un caso en particular, lo mejor es no trabajarlo. También, le trajo algunos recuerdos este punto en particular.

Como cuarto y quinto punto había agregado, por una parte debo ser cordial y tener conexión con mis clientes y por la otra, debo ser organizada, mi ambiente de trabajo debe reflejar ese orden. Y al leer sonrió, porque entendió por qué su asistente se queja de sus exigencias.

En los tres puntos posteriores se había referido a la tolerancia, la paciencia y la comprensión. Entonces, entendió el por qué había aceptado sin discutir algunas actitudes, cómo había desarrollado la virtud de la paciencia y lo que había realizado en ciertos casos para entender lo que querían sus clientes y también, su familia.