De esto que te enteras de una manera peregrina de que el próximo domingo se estrena en un canal de TV Animax una serie de un monje, Lasko, que practica artes marciales, y te enamoras del actor, sólo por verle la nariz.

*Disgregación* Ya sé que sólo ya no se debe acentuar, pero ésta y otras serán la marca ortográfica que me delatará como de la generación del siglo XX, igual que por la caligrafía puedes distinguir a los alemanes de la época nazi y por su ortografía a los alemanes de antes de la reforma de 1996. Sigo…

Pues estaba yo viendo esa noticia que no me interesa porque no me gustan los rubios, ni los monjes, ni las artes marciales, ni puedo ver ese canal en el que van a poner la serie, que además es alemana y debe ser un horror, cuando me llama la atención esa señora nariz que adorna el rostro del actor Mathis Landwehr. Y me enamoro. O más bien siento un irrefrenable deseo sexual.

No sé si sabes a qué tipo exactamente de nariz me estoy refiriendo. Es a esa nariz que acaba en una punta carnosa algo cuadrada. No puntiguada, esas no me gustan nada, como las pollas ciruncidadas. Asco. Caca.

Y es bueno conocerse a uno mismo y reconocer cuáles son tus gustos. Uno empieza por saber qué es lo que no le gusta, pero saber qué te gusta es cada vez más complicado. Yo hoy he tenido una revelación. Esas narices me gustan. Y no son nuevas para mi. Mi primer novio, que me introdujo a Lluís Llach -vale, no sólo eso- y del que ya sólo sé que dirigió un documental y anda, catalanófilo él, por Catalunya, tenía una nariz suprema de ese estilo, incluso más exagerado.

Y todos los novios que le siguieron también. Y el hombre con el que me voy a casar ¡también! Dicen que bon nas, bon compàs